[dropcap]E[/dropcap]l Ministerio de Educación tiene presupuestados RD$120,000 millones en este año, equivalentes al 4% del producto interno bruto (PIB) que manda la Ley.
El presidente Danilo Medina ha cumplido fielmente su promesa de entregar los recursos y ha hecho una labor que ha merecido el reconocimiento de todos los sectores sensatos del país.
La construcción de aulas y equipamiento físico de las escuelas y centros de educación media, especialmente con laboratorios de informática, biología y física; inmobiliarios modernos, cocinas y comedores, áreas deportivas y mucho más, es sin duda el inicio de una gran etapa en el sistema educativo dominicano.
Sin embargo, hay dos aspectos que no debemos pasar por alto a propósito de esta “revolución en la infraestructura educativa” que impulsa el Estado. Se trata de las implicaciones logísticas que envuelve la implementación de la tanda extendida y de lo que debe suceder con la calidad de la educación. Definitivamente hay aspectos que no encajan.
Lo que está sucediendo ahora con la educación dominicana es muy parecido a lo que ocurre con una computadora sin programas actualizados que la pongan a funcionar acorde con los nuevos tiempos. Y peor: muchas veces sólo está la parte de hardware, pero nada del software, esa parte esencial que constituye el hálito de vida o que pone a funcionar la combinación de circuitos.
Resulta contraproducente ver a directores docentes de escuelas encargarse de la compra de comida, utensilios y productos de limpieza del centro u observarlos detrás de una compañía que ofrece servicios de plomería, con toda la logística que conlleva el registro contable de todos estos procesos, en detrimento de lo más esencial: la calidad de la educación.
Un director docente no es ni puede ser, por lógica, un gerente administrador de lo que significa la operatividad contable y del día a día de un centro educativo. Aunque no quiera está obligado a descuidarse de su función principal: velar por la calidad de la educación.
Pero si a esta realidad le sumamos la poca inversión que se destina a la actualización curricular y de maestros, entonces resulta más preocupante.
Las evaluaciones internacionales otorgan calificaciones en rojo en cuanto a la calidad de la educación dominicana. Hasta cierto punto resulta vergonzoso que nuestro país, con tanto potencial económico y reconocido como un centro de negocios y turismo en el Caribe, permanezca anclado en uno de los peores lugares por su nivel educativo.
A nuestras autoridades, comenzando por el presidente de la República, les corresponde asumir el costo político que implica enfrentar un problema de esta envergadura. Esta gestión, para casarse con la gloria histórica, está en la obligación de pasar a la otra etapa del sistema educativo dominicano: poner manos a la obra en cuanto a la calidad.
Invertir en más y mejores profesores, actualizar y “recalificar” los que tenemos; importar maestros si se considera de lugar y nombrar a gerentes calificados en los centros con tandas extendidas, que sólo se encarguen de la operatividad o administración, es un imperativo que nos puede colocar en una posición más cómoda en materia educativa. Hagámoslo.







