[dropcap]U[/dropcap]na de las características de los países desarrollados, a diferencia de aquellos que transitan aun por caminos del subdesarrollo, es la forma en cómo tratan a sus envejecientes, así como a sus niños y niñas, y también la manera en cómo entierran a sus muertos.
Se dice que el entierro de un individuo revela la idiosincrasia de un pueblo (Fenoglio V., 2011), pues allí está toda su cultura. De ahí la importancia que se le otorga a los cementerios en países que han alcanzado mayores niveles de desarrollo, en donde su existencia, concepto y ubicación, está vinculado a la necesidad de que los campo santos sean vistos como parte de la historia misma.
Dice Fenoglio que el valor de los cementerios es tal que “no en vano dos de las siete maravillas del mundo antiguo –las Pirámides de Eqipto y la tumba de Mausolo– son sepulturas. Es por esto que, desde el punto de vista técnico científico, y hasta desde una mirada arqueológica, es preciso que se eduque a las personas que realizan la gestión de los cementerios, pues detrás de la existencia de estos hay historias que contar, memorias que guardar y evidencias que almacenar.
Por su importancia, comúnmente los cementerios son regenteados por el Estado, para lo cual se generan políticas cuyo rango de implementación empieza por las municipales, núcleo central de la pirámide institucional de un país. Estas políticas no solo van dirigidas al ámbito de la propiedad que se adquiere, sino también al mantenimiento y al embellecimiento de la última morada.
Sin embargo, en República Dominicana los cementerios –especialmente los de carácter público– se convirtieron desde hace mucho tiempo en lugares inhóspitos, gestionados por compañeritos del partido que ven en cada difunto que llega, un medio de subsistencia, y en donde no hay respeto ni por el muerto y menos por los deudos. Hasta se ha llegado a denunciar que algunos cementerios se utilizan como punto de distribución y venta de drogas, y también como centro de prostitución.
Es decir, los cementerios públicos han pasado a ser un gran negocio. Por suerte, aparecieron los cementerios privados como tabla de salvación, pero solo se salvan los que lo pueden pagar, y esa es una pena mayor que la de enterrar al extinto.
Pero Antonio Machado nos consuela y nos dice que la muerte es algo que no debemos temer porque, “mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos”. Igual percepción tenía Borges sobre este fenómeno natural, lo cual se refleja en la brillante expresión “La muerte es una vida vívida. La vida es una muerte que viene”.








