En la sociedad actual, el consumo masivo de productos sin un adecuado registro sanitario e industrial se ha convertido en una práctica preocupante que, lejos de ser corregida, parece normalizarse. Esta realidad debería alarmarnos, pues lo que está en juego no es un asunto menor: se trata de la salud de los ciudadanos.
El Ministerio de Salud Pública y el Instituto Nacional de Protección de los Derechos del Consumidor (Proconsumidor) tienen un papel crucial en garantizar que los productos destinados al consumo humano cumplan con los estándares de calidad y seguridad necesarios. Sin embargo, la falta de controles efectivos y de fiscalización rigurosa evidencia una debilidad institucional grave, lo que abre la puerta a la comercialización de productos sin registro sanitario, una falta que debería considerarse inadmisible.
El problema va más allá de la falta de regulación; también pone de manifiesto la falta de educación y conciencia del consumidor, que muchas veces prioriza el precio de un producto sobre la información sobre sus componentes y procedencia. Esta situación es aprovechada por algunas empresas (industria incluida) que, conscientes de esta indiferencia, introducen productos que no cumplen con las normativas sanitarias del país, poniendo en riesgo la salud de los consumidores.
Las llamadas marcas blancas, ampliamente distribuidas por cadenas de supermercados, representan un claro ejemplo de esta problemática. Una buena parte de estos productos carece de registro sanitario, lo que significa que el consumidor no tiene garantías sobre la calidad ni la seguridad de lo que está comprando.
A esto se suma la importación de productos con etiquetas en idiomas como inglés, francés, árabe, chino o tailandés, lo cual contraviene las normativas nacionales y deja al consumidor sin información accesible sobre los ingredientes y posibles riesgos del producto.
Es evidente que se necesita una intervención estatal más firme. Las autoridades deben tomar medidas urgentes para reforzar la fiscalización, exigir el cumplimiento de las normativas sanitarias y asegurar que los consumidores tengan acceso a productos que cumplan con los requisitos legales. La salud no es un juego ni un lujo; es un derecho fundamental que debe ser protegido con políticas claras y acciones concretas.
Sin embargo, el esfuerzo no puede recaer únicamente en el Estado. Los consumidores tienen la responsabilidad de informarse, cuestionar y exigir productos que cumplan con las normativas sanitarias. Es crucial que la población esté educada y empoderada para no ser “víctima de la negligencia” de ciertos sectores comerciales.
Antes de adquirir un producto, es necesario verificar su registro sanitario, leer sus etiquetas y asegurarse de que cumple con los estándares de calidad establecidos. La salud de todos depende de decisiones informadas y conscientes. No podemos permitir que la falta de regulación continúe poniendo en riesgo nuestras vidas. Alguien con capacidad de tomar decisiones debe ver esto. Es tiempo de actuar.





