[dropcap]C[/dropcap]uando se analiza el actual entramado económico y social de República Dominicana, se puede concluir que la sociedad ha cambiado mucho, y que la separación de clases es difusa, inteligible y complicada.
En efecto, la división de clases entre ricos y pobres que era evidente en los años 60 y 70, ahora no está tan clara debido a la aparición de una clase media que, por los niveles de consumo que realiza, se confunde con la clase alta.
Por igual, la distinción entre una clase política que se caracterizaba, en el pasado, por su interés estricto en la administración de la cosa pública, y un sector empresarial cuyo norte estaba reducido a la búsqueda de ganancias, ya tampoco esta tan clara.
Ahora los políticos se metieron a empresarios, y los empresarios fueron tras el botín del Estado, y ambos dañaron los negocios.
Pero lo que se creía impensable, de pronto aparece en ese escenario de una sociedad que se desconoce a sí misma: la iglesia metida en los negocios.
Entonces, nos damos cuenta de que a través de los años se ha venido creando una madeja económica y social sin principio ni fin, con esquemas bien definidos de control de todo lo público y lo privado, sin que se escape ningún sector económico que arroje plusvalía. Así, nació y se desarrolló un sistema complejo que implicaba contubernio y soborno, a los ojos de todos, pues todos, de alguna manera, estaban comprometidos.
Bajo ese escenario, vive tranquilamente una sociedad donde se negocia todo porque todo es negociable, y nadie se queda fuera. Obviamente, nos referimos a los partidos políticos, de manera particular a los pequeños que son tan perversos como los grandes.
También a los empresarios, especialmente a los financiadores de campañas que con ello se garantizan la evasión y elusión de impuestos. Pero no dejemos fuera a la Iglesia, otrora perdonadora de pecados y vendedora de un más allá conmovedor, a la diestra del Dios Padre.
Hoy esta parece formar parte de un sistema económico y social que deja mucho que desear, mientras los pobres y los ricos, ambos a dos, sigan confesándose sin remordimientos.
El cuarto elemento de esa poderosa e indestructible madeja, viene a ser la clase militar, protectora de todos y vigilante de que se mantenga el statu quo, en cualquier sentido, siendo su recompensa un retiro digno con fincas y negocio incluido.
Mientras tanto, la mayoría somos espectadores pasivos de un tren que parece descarrilarse sin que a nadie importe. El gobierno, de su lado, tiene atadas las manos pues es el centro de todo y para todo.
Y lo malo es que se nos están acabando los líderes, las personas pulcras a quien seguir, los hombres morales a los que se puede imitar. Y nos mantenemos dando vueltas alrededor de nada, como una Noria, porque, al final de las cuentas, tendremos música y ron para que el circo siga y la madeja no se rompa… hasta un día.





