Hay un principio básico en materia de comunicación institucional: el Presidente no puede ser la cara de las malas noticias o de aquellos hechos que puedan afectar la imagen del Gobierno. La administración estatal debe mantener su autoridad ante la población y, sobre todo, su credibilidad, variables que se traducen en un valor que es aún más importante en momentos de crisis. Y no sólo se trata de cuidar la imagen del Presidente o del equipo que toma las decisiones más importantes; el hecho es que quien gestiona un Estado debe cuidar los detalles.
Los hechos hablan por sí solos. Antes del actual Proyecto de Ley de Medidas Procrecimiento Económico, Simplificación Fiscal y Mitigación de la Crisis Internacional, esta gestión de Gobierno intentó dos veces introducir cambios en el sistema tributario y no lo pudo lograr hasta que, por fin, hizo lo correcto: comunicar bien y elegir la tribuna correcta. En un contexto de alta incertidumbre global y volatilidad de los mercados, logró convencer, de alguna manera, a la población de la importancia de aumentar los ingresos fiscales.
¿Qué fue lo que marcó la diferencia ahora? ¿Por qué hubo una mejor receptividad de un tema tan sensible como el tributario? Hay más de un punto a favor del proceso. El primero tiene que ver con la forma en que comenzó a manejarse desde el punto de vista comunicacional. El concepto “reforma fiscal”, que siempre genera rechazo, no aparecía en la oralidad de los funcionarios, aunque, en esencia, cualquier cambio en el sistema tributario es una reforma, aunque sea leve.
Otro elemento a destacar es que una “noticia mala”, porque también lo es para diversos sectores, tampoco debe ser comunicada desde el Palacio Nacional, como sucedió con la “Reforma de Jochi”, la llamada Ley de Modernización Fiscal, un nombre muy lindo y aparentemente atractivo, pero que era muy duro contra la clase media, actualizando tributos que afectarían directamente a quienes están a un paso de bajar de clase social. Como se sabe, hasta los empresarios saltaron y se sintieron burlados porque lo depositado en el Congreso “no fue lo que se habló”.
Y justamente este elemento es importante. El ministro de Hacienda y Economía, Magín Díaz, un hombre con experiencia de Estado, conocedor de la idiosincrasia del empresariado, exfuncionario de otros gobiernos, supo qué hacer desde un principio. Asumió el cargo en un contexto de animadversión de parte de la población y los empresarios.
Nadie quería hablar del tema, aunque todos sabían que algo había que hacer con el sistema tributario. Llegó, recibió y se reunió con todos los sectores. Escuchó y armó la propuesta que hoy está en el Congreso. Será aprobada sin dilación y sacó al Presidente de la discusión. Sin quizá, este ha sido uno de los procesos mejor manejados desde el punto de vista comunicacional. Ni siquiera se pensó en llevarlo al Palacio ni reunir al equipo económico. Se trabajó como un plan y punto. “La reformita fiscal”, porque así la llamo, pasará sin dificultad. Ojalá logre el objetivo.










