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Opiniones

Lo que decimos, lo que hacemos y la huella que dejamos

Augusto Ramírez BonóPorAugusto Ramírez Bonó
24 septiembre, 2026
en Opiniones
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Cuando Víctor Bautista me pidió que presentara su libro “El poder y el ruido: la vida pública bajo la lupa de un periodista”, acepté sin dudarlo. Presentar un libro escrito por un periodista de su calibre es un privilegio y nuestra relación de tantos años hacía aún más especial la oportunidad de acompañarlo.

Al adentrarme en sus páginas, descubrí que muchos de sus planteamientos coincidían con la brújula moral y los principios que han guiado mi vida y mi carrera. Su lectura me llevó a volver sobre algunas de mis propias convicciones y a reflexionar sobre la reputación, el poder, la comunicación y, sobre todo, la distancia entre lo que decimos, lo que hacemos y la huella que dejamos.

Cuando comenzaba mi carrera como marketing trainee, escuché por primera vez una expresión en inglés que se me quedó grabada: walk the talk. Es como hacer lo que uno dice. Con los años comprendí que había aprendido ese principio mucho antes, aunque todavía no lo comprendía. Lo aprendí observando a mis padres.

Mi padre fue médico en San Juan de la Maguana. Tenía una pequeña clínica, trabajaba también en el hospital público y estaba comprometido con su comunidad. Mi madre administraba la clínica, sostenía nuestra familia y poseía una extraordinaria vocación para ayudar a otros a salir adelante.

Hace unos años, mientras los escuchaba recordar aquella época, surgieron historias que yo mismo apenas conocía: pacientes que mi padre atendía, aunque no pudieran pagarle, medicinas que compraba para quienes no tenían cómo adquirirlas y personas a las que ayudó desde distintas instituciones de su comunidad. Mi madre contaba, con la misma naturalidad, cómo había ayudado a algunas de las mujeres que trabajaban con nosotros a estudiar, convertirse en profesionales o adquirir su primera vivienda.

Jamás convirtieron su generosidad en una campaña sobre sí mismos. Simplemente hicieron aquello que entendían que era su deber. De ellos aprendí una verdad que ha marcado mi vida: la reputación más poderosa es la que construyen nuestras acciones cuando nadie nos ve.

Con el tiempo entendí que esa verdad no se limita a las personas. También alcanza a las empresas, las instituciones, los gobiernos y, en muchos sentidos, a los países. Lo que somos termina revelándose en aquello que hacemos.

Aprendí, además, una segunda lección: llega un momento en el que no basta con walk the talk (hacer lo que uno dice); también es necesario talk the walk (decir lo que uno hace). Debemos comunicar lo que hacemos bien, no para sustituir los hechos por un relato, sino para que esos hechos sean conocidos, comprendidos y puedan inspirar a otros.

El problema comienza cuando ese equilibrio se rompe: cuando el relato deja de acompañar los hechos y comienza a reemplazarlos; cuando parecer importa más que hacer; cuando la percepción se convierte en el objetivo y las personas pasan a formar parte de la escenografía.

Estas ideas volvieron a mí durante la lectura de El poder y el ruido. El libro nos enfrenta a una de las tensiones esenciales de nuestro tiempo: la distancia entre lo que se anuncia y lo que realmente cambia; entre el gesto que produce titulares y la decisión que mejora una vida; entre el ruido del momento y la huella que permanece.

La lupa a la que alude el subtítulo describe con precisión el ejercicio de Víctor. No pretende ofrecernos una teoría total del país. Hace algo más necesario: se detiene, observa y vuelve visible aquello que, de tanto verlo, hemos dejado de mirar.

Sin embargo, la lupa de Víctor no apunta únicamente hacia quienes ejercen funciones públicas. En algún momento gira hacia nosotros. El poder no reside solamente en el Gobierno; también lo ejercen los políticos, los medios de comunicación, los empresarios, las instituciones, las plataformas digitales y los ciudadanos.

Por eso, esta conversación no admite espectadores: nos compromete a todos. La pregunta esencial es si estamos evaluando el poder por lo que parece o por aquello que transforma.

Resulta fácil exigir un Estado eficiente mientras intentamos negociar las reglas cada vez que nos parecen inconvenientes. Queremos mejores servicios, pero buscamos el contacto que nos permita evitar un trámite. Reclamamos instituciones sólidas, pero en ocasiones aspiramos a que esas instituciones hagan excepciones.

La honestidad es indispensable, pero no basta. Hay que ejecutar, resolver y transformar. Una sociedad no tiene por qué escoger entre funcionarios honestos que no resuelven y funcionarios eficaces que actúan al margen de la ética. Una democracia adulta debe exigir ambas cosas: integridad y resultados.

Lo mismo ocurre en las empresas. El éxito no puede medirse únicamente por el tamaño, la rentabilidad o la visibilidad de una organización. También debe medirse por la dignidad con la que trata a su gente, por el valor real que crea para sus clientes y por su contribución a esa sociedad que le permite prosperar.

Las empresas no operan al margen de sus comunidades. Forman parte de ellas. Sus decisiones inciden en la vida de sus colaboradores, sus proveedores, sus consumidores y los territorios donde desarrollan sus actividades. Por eso, liderar una organización implica asumir responsabilidades que van mucho más allá de la cuenta de resultados. La rentabilidad garantiza la permanencia de una empresa; el propósito le otorga sentido a esa permanencia.

También la comunicación desempeña un papel decisivo. Comunicar es necesario: permite explicar, influir e inspirar. Sin embargo, la comunicación, por sí sola, no construye confianza. La confianza nace de la transparencia, de la información verificable y, sobre todo, de la coherencia entre lo anunciado y lo ejecutado.

Esa coherencia necesita algo que hoy parece escasear: tiempo. Tiempo para contrastar las palabras con los hechos y las promesas con los resultados. Vivimos atrapados en la inmediatez de la notificación, el titular y el escándalo del día. Podemos estar permanentemente informados y, sin embargo, comprender cada vez menos.

El exceso de información no siempre produce conocimiento; en ocasiones solo multiplica la confusión. Por eso necesitamos un periodismo que se tome el tiempo de verificar, contextualizar y resistir la tentación del sensacionalismo. Un periodismo que examine el poder, pero que también cuestione nuestras propias contradicciones. Que no confunda volumen con relevancia ni velocidad con verdad. Que nos ayude, en definitiva, a distinguir la señal del ruido.

Otra de las ideas que atraviesa el libro de Víctor es la facilidad con la que confundimos movimiento con progreso. Un país puede inaugurar, anunciar, reformar, comunicar y crecer, y aun así dejar intactas algunas de las estructuras que más limitan su futuro. No todo lo que se mueve avanza. Y no todo lo que hace ruido transforma.

Esta reflexión me conduce de nuevo a la lección de mis padres. Ellos no construyeron una imagen: construyeron una huella. La diferencia entre ambas es profundamente humana. La imagen vive en la mirada de los demás; la huella se impregna en la vida de los demás.

Quienes dirigimos empresas, quienes ejercen funciones públicas, quienes comunican y quienes cumplen cada día con su responsabilidad en la sociedad compartimos un mismo deber: reducir la distancia entre lo que decimos, lo que hacemos y el bien que dejamos detrás.

Al final, el liderazgo no se mide por el espacio que ocupamos, los aplausos que recibimos o la destreza con la que controlamos el relato. Se mide por las vidas que mejoran porque tuvimos la oportunidad de actuar y decidimos hacerlo bien.

El poder siempre existirá. El ruido también. La decisión que nos corresponde tomar es qué hacemos nosotros entre los dos. Podemos vivir pendientes de parecer o podemos elegir servir, transformar y dejar una huella que continúe hablando cuando ya no estemos presentes.

Augusto Ramírez Bonó

Augusto Ramírez Bonó

El autor es presidente Casa Brugal.

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