[dropcap]E[/dropcap]n su libro “La Revolución Necesaria”, Peter Senge (2009) nos convoca a pensar en individuos y organizaciones que, mediante una mirada colectiva al futuro, pueden llegar a trabajar juntos para construir una mejor nación para todos.
Esta mirada, difícil pero no imposible, sustenta la diferencia entre un paradigma que hace pensar que los problemas de una sociedad son del resto de la población, no míos, y aquel paradigma que no separa al “tipo bueno” del “tipo malo”, sino que le es indiferente en cuanto puede desarrollar una solución ecléctica, tomando lo mejor de cada cual, y usándolo para alcanzar un nivel más alto de bienestar social.
Por ejemplo, a diario nos quejamos del transporte, de la falta de energía eléctrica, escasez de agua, bajos salarios, entre otros, sin pensar que somos parte de la mayoría de estos problemas y, en muy pocas ocasiones, formamos parte de sus soluciones.
También, sentimos que el tránsito es un caos, pero cada vez que podemos nos cruzamos en rojo, irrespetamos a los AMET, parqueamos encima de las aceras, tomamos alcohol al volante y las señales de tránsito y los semáforos las vemos como arbolitos de navidad.
Así también, tenemos la percepción de que el Estado nos roba a través del servicio eléctrico, pero somos inmisericordes en el consumo: aire acondicionado, calentador de agua, planchas, televisores y bombillos, todos encendidos al mismo tiempo y, al final de cada mes, se pega el grito al cielo por las facturas.
Maltratamos a la naturaleza cada vez que podemos, y pensamos que las advertencias sobre el cambio climático y el efecto invernadero no son otra cosa que un invento de los países ricos para abaratar los precios de nuestras materias primas.
El afán de consumo de los individuos se ha vuelto tan violento como el de lucro de las empresas, dejándonos sin espacio para el equilibrio económico. En ese contexto, los precios ya no importan, pues el dinero plástico es la medida de la satisfacción de una clase media que no conoce límites. De esa manera, surge el paradigma de que todo lo que pasa está más allá de nuestro entorno.
Frente a todo esto, los políticos son incapaces de inventar fórmulas que modifiquen el statu quo, que sean transformadoras en la esencia, no en su diseño, y así, se convierten en más de lo mismo, sin entender que es necesario, y casi imprescindible, iniciar una nueva revolución, más allá de la planteada por Senge; tal vez una revolución del alma, sino del espíritu, y también del capital humano, como lo sugiere Leonardo Boff (2016).





