Finalizado el 2024 es preciso pasar balance como país para verificar cuáles metas fueron alcanzadas en su totalidad y las que, por alguna razón, se quedaron a medias o, simplemente, no pudieron ni siquiera iniciarse. Este ejercicio debe hacerlo cada dominicano, cada familia y, sobre todo, el Gobierno como gestor del desarrollo de quienes habitan en República Dominicana.
El retiro del proyecto de reforma fiscal, muy posiblemente, representó el revés más destacable para la administración del presidente Luis Abinader. Si bien logró la modificación de la Constitución, no lograr la transformación de la fiscalidad ha sido un verdadero golpe a las aspiraciones oficiales de contar con amplias posibilidades de mejorar la capacidad recaudatoria del Estado.
Este escenario deja una opción dolorosa, pero necesaria: seguir financiando el desarrollo económico con más deuda, máxime cuando la meta de alcanzar el grado de inversión no está ni cerca. Mejorar la calificación de riesgo ayudaría no sólo a emitir deuda con mejores condiciones de tasas y plazos, sino que es una carta de presentación para la atracción de inversión extranjera. Más empresas se traducen en más empleos.
Hay coincidencias, incluso, en que el actual modelo de desarrollo dominicano está en riesgo de caer en la trampa del ingreso medio. Llegará un punto en que el crecimiento podría estancarse y enfrentar, a juzgar por otros ejemplos regionales, a períodos de inestabilidad social y política.
La insatisfacción de la población se traduce en protestas. Esto hay que evitarlo a toda costa.
Ha de suponerse que las autoridades dominicanas, previendo lo que podría pasar en el mediano plazo, han lanzado el proyecto MetaRD 2036, que busca duplicar la economía con una aceleración del crecimiento. El objetivo sería hacerlo con la atracción de nuevos capitales de alta demanda de talento de más calidad. Se ha hablado de la industria tecnológica y un nuevo nivel de desarrollo.
Ante este plan, entonces, el 2025 es un año que invita al trabajo duro, sin descanso y en equipo. Los responsables de tomar decisiones, en los sectores público y privado, pero también de los entes de la sociedad civil con capacidad de influencia, no pueden perder tiempo.
El trabajo enfocado, mirando hacia un futuro de desarrollo económico, más que de crecimiento, es un imperativo para todos los que pueden y deben planificar el futuro. No se sabe cuánto le queda al actual modelo y eso llama a actuar ya.





